Carritos o muñecas

Llegamos súper temprano a la clínica a realizar la primera ecografía donde veríamos a un diminuto ser deforme aún pero con algo que marcaría el ritmo de su vida, su latido cardíaco. El papá estaba emocionado, aunque no me lo decía, lo notaba porque cuando estábamos en la sala de espera movía el pie más de lo habitual, y los ojos de búho estaban ahí; ya había sacado la cuenta hasta cuanto nos costaría el colegio, los útiles, la universidad; que se vayan a la pública como sus padres, me dijo; yo sólo sonreía. Aunque no es muy de expresarse, el hecho que piense en los estudios de alguien que no conocemos aún dice que lo tiene presente en su futuro. Me llamaron, podíamos entrar los dos a la ecografía, una más de tantas que me hice no importaba, me daría el dato que estábamos esperando semanas, seríamos tres o cuatro , esa era la cuestión. El ecografista que es un capo, no demoro mucho en conseguir la imagen que queríamos, ahí estaba a 120 latidos por minuto, fuerte y claro, nos subió el volumen para escucharlo y mientras más subía el volumen, más lágrimas se me salían; no soy de las chicas lloronas pero era inevitable, fue nuestra primera cita, todo el amor previo había sido un amor a ciegas; pero ahora ya tenía forma, un frejolito con latido pero ahí estaba, y todo bien para el tiempo, y diminuto, y vivo; pero sólo uno. Mi esposo aunque lo niegue, lo mire de re ojo y vi sus ojos más hidratados de lo habitual, me hice la loca, es su forma de expresar sus sentimientos de emoción; como antes nos han criado, el hombre no llora, y él no lloró, pero faltó tantito para que lo hiciera; estaba en su derecho, ese latido también sonaba para él, ese latido que no lo iba a dejar, que nos iba acompañar el resto de nuestras vidas. Supuse que era una niña, pues el xx siempre ha sido más fuerte que el xy, y si de los dos embriones que me transfirieron, quedó uno, ese debía ser mujer, una guerrera como su madre y su abuela.

En ese momento cómo me acorde de ella, de la abuela perfecta, de mi mamá; como me hubiera gustado que esté ahí también conmigo, celebrando mi gozo, enseñándome a ser mamá, a qué me diga cómo hacerle una papilla, cómo acurrucarlo en mi pecho, cómo ser una gran madre como ella, pero sé, estoy convencida, que estaba a mi ladito mirándome y sonriendo, dándome una palmada en el popo, como era de costumbre, no era de hacer mucho cariño pero uno sentía que estaba ahí y que jamás te iba a fallar; sé que estaba ahí, la sentí, y eso hacía que fueran incontrolables los ojos llenos de lágrimas, por quien no está y por quien ahora está.

¿Ahora?; ¿Qué compraremos?; ¿carritos o muñecas???. Nada. No compraría nada. Cómo mi mami me contó, que ella no compró nada para mi hasta días antes de nacer; era precavida, no quería armar la llegada de alguien porque tenía miedo que no llegara, pensaba igual que ella; cuantas veces vi en la tele, señoras que esperaban con ansias a sus bebés y alguna complicación en el embarazo hacían que esos niños deseados nunca llegaran; hubiera sido una tortura psicológica regresar a casa, ver la habitación y no tener con quien ocuparla; pensaba igual que mi mamá, no le compraría nada hasta que llegara a un punto que fuera viable; y así fue. La pena de la partida de mi mamá fue muy difícil de lidiar, ya no hablo del tema, es inevitable el desborde de lágrimas, así hallan pasado más de tres años que se fue, por el momento no estoy preparada para tolerar otra pérdida tan importante.

No quería pensar en colores ni juguetes; sólo procurar cuidarme lo más que pudiera; bienvenidas ensaladas, mucha agua, adiós pisco sour, vino, cerveza, cafecito.

La siguiente semana me sentía con algo de sueño, hinchada pero feliz. Parecía que todo iba bien, hasta que vi una manchita roja en la ropa interior; sabía que había hecho bien en no comprar carritos ni muñecas.

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