Vas a conocer la luz mi Súper Sayaijin

Esta tarde de frío invierno, provoca una bebida caliente, un dulce al costado y el aire de inspiración. Hacía semanas que no escribía, y es que no me faltaban ganas, es que no tenía tiempo; esto de la crianza te pide más del 100%, que las doy con gusto, pero mis treinta y muchos me lo recuerda a cada rato cada vez que me cuesta levantarme en las noches para estar para tí mi querido súper sayaijin.

Habíamos dejado la acción, en que ya estaba a puertas de nacer; si pues, al final,  a este bello ser no podía seguir manteniéndolo como mamá canguro, alimentándose en mi ¨marsupia¨;  tenía que salir, conocer el mundo;  lo bueno,  lo malo,  y lo caótico que es; tiene que escribir su historia y yo sería su fiel admiradora.

Unos días antes de cumplir las 37 semanas,  noté que se ponía la pancita como que algo dura;  como un pequeño cólico;  pero nada importante, no era frecuente, no le tome importancia; sólo me importaba comer y dormir, aunque a estas alturas del partido ya no era tan placentero;  la postura no me lo permitía;  mis caderas,  que parecían carreteras pero de la carretera central, hacía que doliera la espalda;  ya no podía acostarme, tenía que estar semisentada para poder dormir, y donde colocara la cabeza me venía el sueño. Chester,  mi querido beagle que me acompaño los últimos días, como si supiera;  se puso más meloso que de costumbre. De repente se las olía que seria desplazado;  lo que no sabía es que su mejor amigo estaba por nacer; yo ya no podía hacer los juegos toscos a los que mi papá y el padre de goku lo habían acostumbrado, pero tampoco me lo pedía, sólo quería estar a mi ladito.

Los días pasaban,  y esa barriguita se ponía cada vez más dura; ya estaba con dolores más seguidos, fui a la emergencia y resulta que ya estaba en trabajo de parto; por ahí tuve algo de ayudín y me programaron de emergencia. Llegamos en la tarde a la emergencia, me tomaron el pre quirúrgico, riesgo cardiológico y a esperar que me programen. Felizmente estuve siempre acompañada de mis queridas primas que no me dejaron ni un minuto, mientras estuvimos en la sala de observación vi a mi lado a una señora que vivía el verdadero trabajo de parto, los dolores, las contracciones, las memorias que en su cabeza se generaba que no iba a tener mas hijos, pero creo que  a esta señora se le olvidaba; no era su primer bebe, creo que cuando nacen se borra lo malo y llega esa sensación de placer indescriptible, de tranquilidad y de paz.

Mientras esperábamos los resultados, llegó el papa del Super sayaiyin; que más que darme tranquilidad,   me ponía nerviosa. Nuevamente estaban ahí esos ojos de búho que los conocía de memoria,  y que era sinónimo de susto, miedo, desesperación; aunque su boca decía otra cosa, no podía ocultar los boliches que se le salían; ya este supersayaiyin quería salir y ya estábamos por conocerlo;  se iba a resolver la ecuación que estuvimos por tanto tiempo intentando resolver;  y al fin, salió  y Eureka,  veríamos el resultado.

Cuando estuvieron los exámenes, sólo me quedaba esperar a que me operaran.  Obviamente había que priorizar personas graves, por ahí que llegaron pacientes referidos de Cañete y Villa El Salvador con preeclampsia, transfundiéndose; la enfermera se  acercó a nosotros informándonos que por favor esperemos; el bebé y yo tranqui, comprendía perfectamente la gravedad de ellos; aún mi Supersayaiyin podía esperar. Con las justas raspabámos las 37 semanas;  pero los 3 kilos que ya tenía me hacían sentir como si tuviera 40 semanas.

Llego la hora, cuando escuché:  ya señora, por favor quítese todo y póngase  la bata,  ok;  llegamos a un punto de no retorno, entra una y saldrán dos, tienen que salir dos, Dios quiera que salgan dos;  siempre uno tan fatalista pensando en que puede ocurrir algún evento adverso en la cirugía, al momento de sacar al bebé del útero, que no respire, que tenga algún problema que las mil ecografías que me hice no las detectaran; todo podía pasar, es en ese momento es donde más te acuerdas de las cosas que te dan confort;  los rezos que me enseñaron en mi colegio católico, la mirada dulce de mamá, pedirle al Jefe de todos los Jefes que ilumine a todos los que estén en ese momento en la sala de operaciones para que el cansancio, el estrés,  los problemas y los demonios que cada alma carga en la vida, no aparezcan y ensombrezcan ese momento, mi momento, nuestro momento;  porque ahora ya mi vida no estará con sólo mis pisadas, sino con las tuyas, en mi sombra se verá una sombra más chiquita a mi lado;  para que este momento sea nuestro, todos los que participaban tendrían que estar bien; esas cosas uno no las piensa, las personas a veces piensan que los médicos o el personal de salud no tienen problemas, preocupaciones, enfermedades,  tristezas, que puedan ensombrecer su trabajo;  y que las negligencias como tal, no las hacen porque quieran hacerlas, sino porque en algún momento, hubo algo que los ensombreció y los hizo hacer eso que definitivamente ningún personal de salud quisiera hacer;  hacerle algo malo a alguien; en fin, mientras oraba en silencio y me tragaba los kilos de miedo que traía encima;  estaba sumergida en un vorágine de emociones. Mi cerebro literalmente estaba sancochado de tanta información que me rondaba la cabeza; mis sentimientos totalmente comandados por mi hormonas;  y mi barriga,  que no me dejaba respirar, era un manojo de nervios.

OK Sra, ya la llamaron de sala; me dijo la Obstetra,  mis primas lindas me pudieron acompañar en el camino hasta la sala de operaciones; porque tenían su mandil blanco. De la emergencia,  cruce por donde estaban mis familiares, mi papá con ojos llorosos se despedía de mí, asustadísimo que su única hija no fuese a regresar, no te preocupes viejo, ahora regresamos pero por partida doble; el padre de Goku,  con sus ojos rojos y más redondos que nunca, los mire de reojo nomás, no podía hablarles,  me taparon todita;  hacía frió esa noche, ya era casi la media noche cuando me llevaron a sala de operaciones.

Una vez que cruzas la puerta de la sala de operaciones, ya no tienes cuerpo, dejas tu cuerpo en manos de desconocidos, sólo rogando que ellos estén bien para que puedan hacer bien su trabajo;  ahí recién me di cuenta de lo importante que es, que el personal de  salud vaya en las mejores condiciones a trabajar;  para trabajar bien hay que estar bien; rogué que así fuera.

De la camilla me pasaron a la mesa donde me operarían, aquí ya perdiste, te sujetan los brazos como Jesucristo,  a cada extremo de la cama;  ya no hay escapatoria, tengo que salir de aquí viva y con mi chato, me dije;  tomé aire, te tragas la vergüenza; porque obviamente no traes nada encima, con la moda de Eva estas delante del cirujano, ayudante de cirujano, enfermeras, anestesiólogo,  y cuanto residente y estudiante esté por ahí;  en este momento no me puedo poner machita,  y decir no quiero que estén alumnos, caballero nomás.

El primero en hablarme fue el anestesiólogo, me saludo cordialmente y me explicó sobre la anestesia, pero pasó algo curioso; mientras me ponían las correas, la obstetra o enfermera no sé, me preguntaba sobre mis datos para llenar  la historia clínica perinatal de mi Santi;  te preguntan, edad, número de hijos, grado de instrucción; Superior dije, lo que sigue, profesión…..le dije Médico;  sentí como el anestesiólogo (que resulta que era el residente), enlentecía el ajuste de las correas a mis brazos; y que especialidad tiene me preguntó…. y donde trabaja me preguntó;  sentí los ojos del anestesiólogo en mí, me cambio el tono con el  que se dirigía a mí. Era la hora de ponerme de ladito para colocarme la anestesia, y pasó lo que temía que pasara, no me pudo anestesiar; sentí claramente como introducía la aguja epidural y rozaba mi vertebra, ese gragg que alguna vez sentí cuando hacía mis primeras punciones lumbares en la residencia, y ese gragg que alguna vez hice,  me la hicieron, como un dejavú; pero esta vez no estaba en modo paciencia, estaba en modo mamá leona que no permitiría que algo saliera mal; le dije sutilmente: cuando a algún residente mío no ha podido hacer la punción lumbar  a la primera yo la he hecho, creo que deberías buscar a tu asistente; escuche un Si doctora; al rato cambio la voz de quién me hablaba; me dijo, Buenas noches, soy Dr. tal y le voy a colocar la anestesia;  sabía que hablaba con el asistente, le dije ok Dr.;  sentí la estocada certera y de pronto como caliente en las piernas nunca me habian puesto anestesia asi, se me adormecio la parte de mis piernas; me dijo que era la anestesia; ahora si ni correr puedo, sujetada, anestesiada parcialmente, a por ello, que venga el chamaco.

Llegó el cirujano, me saludó, y me imagino que empezó a pincharme con la pinza;  no sentí nada;  ok me dijo,  empezamos. Este Dr. fue súper rápido; claro,  previa movida como licuadora;  es que las cesáreas deben ser así de rápidas; sentí como me movían tan rápido, no dolía,  pero si sentía que me manipulaban; de pronto,  sentí como si se hubiera rasgado un pantalón;  creo que fueron mis músculos, escuche un ¡Ya!, del ginecólogo; y de pronto, ese segundo, ese instante que me había costado tiempo, sueños, llantos, tristezas, esperanzas, alegrías, ansiedad, horas de guardias, se tradujo en un guaaaaaaaaaa; no lo podía creer, y aunque no lo crean , y aunque suene raro, después de haber escrito casi quince post, lo que me vino a la mente en ese preciso instante cuando escuche por primera vez el llanto de mi bebé;  y luego de lo que les voy a decir, me quedó clarísimo que la madre naturaleza no sólo te prepara físicamente sino mentalmente para la llegada del nuevo ser; después de haber soñado tanto con este momento, después de todo ello, lo primerísimo que se me vino a la mente, y me lo sigo sin creer, es…  ¿te tengo que querer?.

cigueña y bebe

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